• Autor: José Angel Pernett C.

¿Reinventarnos?

El mundo educativo en Colombia también se comporta en forma extraña; parecido al "Extraño Mundo de Subuso"

Mirando al soslayo esta época infectada de Covid 19, comprobamos que ciertas expresiones padecen, igual que algunos mortales, una historia decadente. Pareciera que el agotamiento emocional ligado a esta pandemia, se adhiriera a la decadencia de las palabras. Eso es lo que está ocurriendo con la expresión “Hay que reinventarse”.


Creativa y sonora, desde el puro comienzo de la cuarentena se convirtió en la palabra más famosa de todo el léxico. Ella y el aislamiento social han sido pareja durante la peste. Su significado, propone algo así como el inicio de un tour por dentro de uno mismo con propósitos de transformación. La verdad, es que en todo tiempo de nuestra vida nos estamos reinventando, aun sin presencia de pandemias. Por ejemplo, cuando se toma la decisión de vivir solo o se cambia el rol de noviazgo para formar uno más estable como pareja permanente, o se pasa de ser hija o hijo para convertirse en madre o padre; o se asumen responsabilidades económicas dentro de la familia porque pasamos del desempleo a “estrenar trabajo”. Esto no es nuevo, siempre hemos tenido contacto transformador del primer tipo, es decir con nuestro Ser.


El punto es que pasados seis meses el término se volvió un cliché, un molde usado con exageración, perdiendo su impacto original. Ahora desgastada, se ha convertido en una manida palabra con poco contenido, tal vez porque el “reinventarse”, para decirlo con palabras del psicoterapeuta Homero Saavedra, ahora es un mandato social que presiona para procesar otra obligación: el distanciamiento social. Por todos esos mandatos y obligaciones, ahora da pereza reinventarnos. Lo que ocurre, escribe en La Vanguardia el filólogo catalán Magí Camps, “es que (sobre todo con los verbos) se tiende a lo facilón, a los términos comodines, con el consiguiente empobrecimiento léxico”.


Reinventarse se convirtió entonces en un término comodín. Comodín y cómodo, porque a los medios les ha sido fácil promocionar la consigna de la “reinvención”, sin percatarse que el entorno de costumbres y cotidianidades en muchos aspectos continua igual: los corruptos no han dejado la mala maña de esquilmar los presupuestos destinados para la atención de la emergencia sanitaria y la inversión social; otros, los políticos sin escrúpulos, prometiendo desinfectar las instituciones pero desde los intramuros de sus cloacas; los comerciantes, incumpliendo protocolos porque no ven llegar la hora en que puedan vender sus mercancías trasnochadas; los bancos encandilando a sus clientes con los generosos Períodos de Gracia, para que “se sientan tranquilos y nunca abandonados”, eso sí, tomando atenta nota del tiempo, porque los bancos jamás condonan intereses; los jerarcas de la iglesia, malgeniados porque reabrieron primero bares, cantinas y prostíbulos antes que reactivar las iglesias y los oficios con los que congregaban sus rebaños; la fuerza pública sin saber qué ejecutar más allá de la excesiva fuerza represiva, ora porque hoy reciben una orden, ora porque mañana una distinta; los opositores al Acuerdo de Paz de La Habana, ni siquiera las estadísticas del Covid 19, les hizo desistir de la banal idea de que los insurgentes debieron haberse entregado sin nada a cambio, o sea, sin ningún beneficio; la presidencia de la república y los gobiernos locales emitiendo mandatos para maximizar medidas de distanciamiento físico y protocolos de bioseguridad, porque pronto llegaríamos al “pico de la pandemia”. Pero justo, en medio de estas calendas de alto riesgo, fue donde se otorgaron los mayores permisos para salir a la calle y “reactivar la economía”.


Como si fuera poco, “ahora sí llegó el burro a los melones”; el congreso nombró en la máxima jefatura de la Procuraduría, a una funcionario que hizo parte del Poder Ejecutivo, al cual renunció para poder ser ternado por la presidencia de la república. Es decir, la institución encargada de iniciar, adelantar e investigar las faltas disciplinarias que se adelanten contra los servidores públicos, en manos de una recomendación presidencial.


Todo este cuadro es el contexto de la reinvención. Ni siquiera la idea de una Renta Básica Universal, con la cual muchas personas se podrían imaginar una “reinvención”, convence. Conceder permisos, reabrir el comercio a una población azotada por la pérdida de sus trabajos, sin ingresos mínimos para el consumo doméstico y a la expectativa de la estadística de infectados, recuperados y fallecidos parecen ser situaciones sacadas del “Extraño mundo de Subuso”. De ese mundo que contradice la realidad y confunde la contradicción.


“El Extraño Mundo de Subuso” fue una publicación entre los años de 1958 y 1974, que elevó la tira cómica al nivel mas intelectual. Su creador fue Irving Phillip, quien representó a Mr Mum o Subuso para la versión latinoamericana, como un personaje regordete y de mirada curiosa que demostraba sorpresa ante situaciones absurdas de esa época; aunque para los tiempos de hoy ya no lo sean. Siempre fue testigo de casos insólitos, parecidos a algunos casos que ocurren en Colombia, que por lo extravagantes, se parecen a los absurdos del mundo del comic.


De forma extraña también se comporta el mundo educativo en Colombia. Por ejemplo, no es reinvención retornar a la presencialidad escolar en medio de lo que llaman el “pico de la pandemia”; retornar sería lo de menos si las autoridades educativas del Ministerio de Educación Nacional hubieran preparado las condiciones sanitarias y pedagógicas para el retorno de la infancia y la muchachada escolar.


El pregón de “reinventarnos” en “la nueva realidad” porque “el mundo no será igual”, quedó distante por falta de decisiones certeras sobre protección social y orientaciones pedagógicas preparatorias para un retorno de la comunidad educativa a la actividad presencial. Lo absurdo es que esta decisión se promueve con la lógica del “corra que se acaba”, así como lo está haciendo el sector comercio. Colombia es sexto en el ranking de los contagios en el mundo y el Ministerio de Educación Nacional lo sabe; pero aun así, no intervino sobre la estructura física de colegios para garantizar una escuela presencial a prueba de riesgos biológicos y pedagógicos. En los cinco meses de pandemia, no han sido los maestros y maestras los que han desperdiciado el tiempo.


Absurdo fue el llamado al retorno presencial, el cual se tomó sin atender a las autoridades científicas o médicas, así el ministro de salud fuera parte del gabinete. Lo es porque dicha decisión no transitó por las consultas que debieron haberse hecho a los agentes involucrados en los distintos procesos educativos, de modo que estas permitieran avanzar el debate más allá de la llamada “emergencia sanitaria” y permitir abrirle puertas a un dialogo pedagógico que propusiera nuevas prácticas educativas (administrativas y académicas) con miras a un rumbo distinto. Una vez más la racionalidad económica prevaleció sobre la racionalidad pedagógica; por tanto, la idea del retorno a la presencialidad es tan absurda como zombi-loca.


Cuando se suponían respuestas a la crisis educativa (sanitaria y pedagógica), no se propusieron alternativas más allá de la clase virtual; tampoco se potenciaron interrelaciones colaborativas, apoyadas en aplicaciones inteligentes distintas al whatsApp o Facebook, que mitigaran las consecuencias de incomunicación que trajo consigo la pandemia. En seis meses de cuarentena, el esfuerzo se centró en la simpleza tecnológica, caracterizándose por falta de indagación sobre las situaciones del confinamiento que vivían los estudiantes y sin la atención de los aspectos emociónales y psicosociales, que como temáticas se debieron incorporar a los nuevos contenidos de la enseñanza. La «nueva realidad» implicaba no solo conocer más y mejor al estudiantado, sino también las características familiares de cada uno de ellos.


Para el caso docente, se trataba también de diferenciar horas de trabajo y tiempo de descanso como preocupación administrativa. Para el caso de las maestras, dar respuesta a interrogantes solicitados desde tiempo atrás: ¿cómo equilibrar deberes laborales con responsabilidades de crianza?, ¿qué esfuerzos concretos durante la cuarentena son propicios para democratizar las responsabilidades domésticas, siendo que miles de mujeres lo han estado exigiendo desde años? En seis meses, en nada de esto hubo adelantos. Para nosotros sigue siendo claro que los contenidos de toda enseñanza deben responder a propósitos pedagógicos de un momento determinado. Pero la pregunta continúa vigente: ¿Cómo deberán atenderse estos aspectos durante la pandemia, que aun no acaba? ¿Por qué el MEN no crea los espacios ni los escenarios para que se generen estas reflexiones?


Pero lo peor no es esto; lo peor es que no se está pensando en ello. Ninguno de esos asuntos se resuelven con el “reinvento” de donar computadoras a las escuelas. He ahí el absurdo.

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